La insólita aventura de un ingeniero manchego

Mónico Sánchez MorenoA principios del siglo XX un joven manchego de poco más de 20 años, con 60 dólares en el bolsillo y sin saber inglés, emprendió viaje hacia Estados Unidos. Tenía un sueño y una determinación: quería convertirse en ingeniero eléctrico en el Nueva York de Tesla y Edison.

La historia de Mónico Sánchez Moreno empieza en 1880 en Piedrabuena, un pueblo de La Mancha donde vio la luz por primera vez en el seno de lo que suele llamarse una familia humilde. Su padre fabricaba tejas y su madre era una lavandera que siempre buscó una vida mejor para su hijo, finalidad con la que colocó al retoño bajo la influencia de D. Ruperto, el maestro del pueblo.

Al joven Mónico le gustaba la electricidad así que en 1901 vendió todo lo que tenía, se compró un traje y se fue a Madrid para estudiar ingeniería eléctrica en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales. Le recibió una ciudad de medio millón de habitantes en plena efervescencia y expansión del tranvía y alumbrado eléctrico.

No pudo ingresar en dicha Escuela porque no tenía los estudios requeridos pero nada podía apartar al tenaz Mónico de su pasión así que buscó por su cuenta libros sobre electricidad y se matriculó en un curso por correspondencia impartido por “The Electrical Institute of Correspondence Instrucion” de Londres, para lo que le fue necesario aprender algunos rudimentos básicos del idioma inglés.

Gracias al curso a distancia Mónico entra en contacto con el Profesor Wetzler que tenía relación con Thomson y con Edison y que le anima a poner rumbo a Estados Unidos. Nueva York en esos momentos era un hervidero de creatividad, el centro de una segunda revolución industrial liderada por la electricidad y escenario de la Guerra de las corrientes entre Edison y el genial Nikola Tesla.

Y Mónico se fue a Nueva York. Allí se matriculó en el Instituto de Ingenieros Electricistas y en un curso de electrotecnia en la Universidad de Columbia y llegó a ser ingeniero para la Van Houten and Ten Broeck Company. Entre otros proyectos, trabajó en la telefonía sin hilos, más de un siglo antes de que fuera efectiva y realizó su mayor invento: un aparato de rayos x portátil.

Nueva York y el futuro sonreían a Mónico y su carrera es prometedora pero después de unos fructíferos años en suelo americano Mónico cambia radicalmente el rumbo de su vida y decide regresar a su pueblo, Piedrabuena, para compartir con sus paisanos de La Mancha las ventajas y secretos que la electricidad había abierto ante él.

En Piedrabuena funda la European Electrical Sanchez Company para fabricar su aparato de rayos X portátil. El aparato pesaba 9 kilos y medio y medía 22 x 22 x 46. Para que el aparato funcionara había, lógicamente, que enchufarlo a la red eléctrica, algo que en Piedrabuena todavía ni soñaban en tener.

Cuando Mónico se fijaba un objetivo no había nada que le apartara de él así que se las apañó para llevar hasta a su pueblo agua y electricidad y construir una central eléctrica. Y ya, con energía disponible, se dedicó a fabricar su invento.

La más ilustre clienta de tal fábrica fue Marie Curie, que durante la Primera Guerra Mundial compró varias unidades del invento de Mónico con las que equipó 20 coches conocidos como los “Petit Curie”. Con estos coches ella y su hija Irene recorrieron el frente e hicieron millones de radiografías a los soldados heridos. Estas radiografías fueron vitales para realizar diagnósticos acertados. Gracias a los Petit Curie y al invento de Mónico muchos soldados se libraron de amputaciones, que de otro modo hubieran sido inevitables, o incluso de la muerte.

La fábrica de Mónico estuvo plena de actividad y prosperidad hasta que llegó la Guerra Civil que, como a tantos otros, le trajo la ruina. En 1961 el gran Mónico fallece en Piedrabuena y con su muerte desaparece su laboratorio. Sus inventos y su figura caen poco a poco en el olvido… hasta que, ya en el siglo XXI, Manuel Lozano Leyva se tropieza con uno de sus aparatos de rayos X portátil en una exposición local.

Manuel Lozano Leyva es Catedrático de Física Atómica Molecular y Nuclear de la Universidad de Sevilla. Recupera y reivindica la figura de Mónico Sánchez en un libro “El Gran Mónico. La insólita aventura de un ingeniero manchego en tiempos de crisis”, editado por Debate. Un libro que nos descubre la apasionante y desconocida historia del gran Mónico.

 


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El primer juego de ordenador del mundo

Hace 100 años el ingeniero español Leonardo Torres Quevedo construyó el que muchos consideran primer juego de ordenador de la historia: el Ajedrecista, un autómata capaz de jugar un final de rey y torre contra un adversario humano.

El Ajedrecista nació en 1912 y dos años más tarde se presentó en sociedad en la Feria de Paris donde se convirtió en la sensación del momento. El 6 de noviembre de 1915 la revista “Scientific American” publicó un artículo sobre el autómata bajo el título «Torres and His Remarkable Automatic Device» («Torres y Su Extraordinario Dispositivo Automático»).

En una primera versión la máquina movía las piezas mediante unos brazos mecánicos que después se sustituyeron por imanes. No se podía engañar al Ajedrecista, era capaz de detectar movimientos no permitidos y siempre ganaba ya que siempre empezaba en un movimiento desde el cual no podía perder nunca.

El Ajedrecista no fue la única muestra del ingenio y creatividad de este singular ingeniero. Leonardo Torres Quevedo fue la segunda persona en la historia en demostrar el  control remoto inalámbrico ( el primero fue Nikola Tesla en 1893).

Realizó dos demostraciones de su invento en el Puerto de Bilbao maniobrando un bote a distancia  desde la terraza del Club Marítimo del Abra. En la segunda  ocasión contó con un espectador de lo más ilustre:  el mismísimo Rey Alfonso XIII. El Telekino era capaz de ejecutar las órdenes que recibía  mediante transmisión por ondas hertzianas

Fue tal la importancia del Telekino que, en el año 2006 el Institute of Electrical and Electronics Engineers (IEEE) consideró que se trataba de un “Milestone”, es decir, un hito para la historia mundial de la ingeniería.

En 1902 Leonardo Torres Quevedo presentó otro de sus inventos, un nuevo tipo de dirigible que fue muy utilizado por los aliados durante la I Guerra Mundial y diseñó el famoso dirigible “Hispania” con el que pretendía realizar desde España la primera travesía del Atlántico. Por desgracia, el viaje no se llevó a cabo por problemas de financiación.

Leonardo Torres Quevedo cuenta además en su haber ser el constructor del funicular sobre el río Niágara que actualmente sigue en funcionamiento y se ha convertido en un gran atractivo turístico. Es responsable también de otros muchos inventos, entre los que destacan diversas Máquinas de Calcular.

Leonardo Torres Quevedo tenía su laboratorio en la madrileña calle del Marqués de Riscal en el Frontón Beti-Jai, un edificio con mucha historia pero que se encuentra actualmente en ruinas y abandonado. Y la pieza original de “El Ajedrecista” se conserva en la Escuela Técnica Superior de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Madrid.

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